Tolerancia social vs intolerancia de nuestra sociedad

"El único límite de la tolerancia en el sentido de libertad es la prohibición de infligir daño a nadie", señala en esta nota el Prof. José Jorge Chade..

José Jorge Chade
Presidente de la Fundación Bologna Mendoza Dr. en Ciencias de la Educación.

Muchos de los temas que leemos y escuchamos en nuestros días indirectamente y a veces también directamente, nos hablan de la falta de tolerancia, más precisamente de la intolerancia de la sociedad, unos contra otros. La idea de tolerancia, que como mencionaba, hoy es objeto de innumerables debates y publicaciones, y que parece haberse convertido en una de las ideas clave para leer, interpretar y orientar las opciones morales y políticas de una sociedad que tiende cada vez más a asumir el rasgo del multiculturalismo, de hecho ha ocupado a menudo el primer plano en las reflexiones de los hombres de cultura de épocas pasadas, aunque el término «tolerancia» haya sido sustituido a veces por otras expresiones, y aunque el ámbito de su aplicación práctica haya cambiado, ampliándose a contextos cada vez más variados y complejos.

La tolerancia ha sido y es, en ocasiones, la respuesta, por un lado, a la necesidad de defender la propia identidad y, por otro, a la de garantizar la convivencia de los miembros de una comunidad mediante el reconocimiento mutuo de la igual dignidad de cada uno de ellos. La tolerancia es, en este sentido, el antídoto contra lo que Rousseau llama, refiriéndose a los individuos, el «amor propio», es decir, la vanagloria, la autorrealización del individuo que no tolera verse eclipsado por las ideas y las acciones de otros individuos. «La tarea a la que se enfrenta cada hombre en cada momento», escribe Gadamer, "es verdaderamente gigantesca: se trata de mantener bajo control las propias preconcepciones personales, la esfera egocéntrica de los impulsos y los intereses privados, para que el Otro no se vuelva o permanezca invisible".

Pero, ¿cuál de estas dos polaridades, individualidad y comunidad, tiene prioridad? ¿Es más acuciante la necesidad de defender la diversidad en el mundo en que vivimos o la necesidad de una convivencia civil basada en el supuesto de la solidaridad? Gadamer define la solidaridad como «ese acuerdo irreflexivo y espontáneo a partir del cual es posible tomar decisiones comunes y válidas para todos en los ámbitos moral, social y político», que nos obligan a ir en busca de lo común en el Otro y en el Diferente. ¿Es acaso ésta la vía que, al situar ambas necesidades en el mismo plano, permite conciliarlas?

Tolerancia y prejuicios

La intolerancia puede estar vinculada tanto a los prejuicios como a los juicios de valor. Por supuesto, lo que separa a unos de otros puede ser una línea muy fina, pero la esfera del prejuicio sigue tendiendo a ignorar la comparación de valores que pueden entrar en conflicto en la vida social. Es la actitud de quienes desprecian cualquier contexto cultural distinto del suyo y cualquier diferencia exterior (color de piel, forma de vestir, de hablar, etc.), al margen de consideraciones de mérito o demérito, de justicia o injusticia, de idoneidad o inadecuación para la convivencia en el seno de una comunidad.

Por supuesto, los prejuicios suelen dar lugar a conflictos de valores en los que el desprecio se convierte en marginación concreta, pero en ellos no subyace una actitud racional (considero lo que está bien o lo que está mal), sino un acto de voluntad basado en el «agrado» (acepto o me niego a aprobar).

¿Existen armas contra los prejuicios? Parece una actitud difícil de erradicar, si ha condicionado el pensamiento de grandes hombres a los que difícilmente se puede acusar de ignorancia insensata. Voltaire -que también hizo una importante contribución al análisis de la idea de tolerancia sostenía que «si la inteligencia de los negros no es de otra especie que nuestro intelecto, es sin embargo de una muy inferior».Lo mismo hizo David Hume, que escribió: «Me inclino a la opinión de que los negros, y en general todas las demás especies de hombres... son naturalmente inferiores a los blancos». Y también Thomas Jefferson sostenía que «los negros -ya sean una raza originalmente distinta o se hayan diferenciado por el tiempo y las circunstancias- son inferiores a los blancos tanto en constitución corporal como espiritual».

Es cierto que no disponían de los conocimientos que el uso de instrumentos de investigación cada vez más sofisticados -en particular, en el campo de las llamadas diferencias raciales, la genética- pone a disposición de sus contemporáneos, pero en realidad no existe una relación necesaria y casi automática entre el camino del conocimiento y la eliminación de los prejuicios. Éstos, con el tiempo, se convierten en algo íntimo e impregnan nuestras relaciones, convirtiéndose en una especie de refugio, de ciudadela amurallada en defensa de los intereses individuales. Y en el conflicto entre conocimiento e intereses, la tendencia a favorecer estos últimos suele imponerse. (Lo vemos a menudo en las Cámaras Legislativas de todo el mundo)

Esta relación entre conocimiento y tolerancia necesita, por tanto, intermediarios que desempeñen su papel a lo largo del tiempo: por un lado, la coerción en cuanto a las consecuencias sociales negativas de los prejuicios, y por otro, la educación que condiciona las convicciones íntimas de cada uno.

Pero la educación para la tolerancia implica la convivencia, implica la contigüidad que permite el conocimiento mutuo. Por eso es completamente errónea la tendencia, que va ganando terreno en algunas sociedades multiculturales y multiétnicas, hacia la valorización de las diferencias a través de la «separación». La teoría de la separación es aquella que bebemos erradicar y definitivamente olvidar. Es lo que está ocurriendo, por ejemplo, en la más diversa de las sociedades del mundo moderno, la norteamericana, donde al crisol de razas se contrapone una fragmentación que privilegia la identidad y los derechos de los grupos étnicos, donde se abandona el dogma multiétnico y se sustituye el separatismo por la integración, que hoy debiéramos utilizar la palabra inclusión. Pero la separación y la competencia entre grupos sólo generan una manía de persecución y recelo mutuo, mientras que la llamada corrección política se convierte en un símbolo completamente ambiguo de tolerancia y respeto.

Para concluir una primera parte de este tema tan amplio podemos decir que la tolerancia es armonía en la diferencia. Es como hablar de la igualdad en la diversidad. No es sólo una obligación moral: es también una necesidad política y jurídica. La tolerancia es una virtud que hace posible la paz y contribuye a sustituir la cultura de guerra por una cultura de paz. La tolerancia no es concesión, condescendencia, complacencia.

El único límite de la tolerancia en el sentido de libertad es la prohibición de infligir daño a nadie.

La tolerancia: un valor fundamental para la coexistencia pacífica La tolerancia en una sociedad diversa se refiere a la capacidad de aceptar, respetar y valorar opiniones, culturas y creencias que difieren de las propias, creando un entorno armonioso y pacífico.

Fuente Bibliográfica: Il Federalista, Via Villa Glori, 8; I-27100 Pavia, Italia


Esta nota habla de: