La brújula dorada: en busca de la educación perdida
Sin eufemismos, Isabel Bohorquez plantea en su análisis de este domingo: "¿Hasta cuándo vamos a escuchar a los necios e insolentes?". Leé y comentá compartiendo esta columna en tus redes.
¿Hasta cuándo, muchachos inexpertos, seguirán aferrados a su inexperiencia?
¿Hasta cuándo, ustedes los insolentes, se complacerán en su insolencia?
¿Hasta cuándo, ustedes los necios, aborrecerán el conocimiento? (Proverbios 1 22-23)
La semana pasada se realizó el Congreso Educativo Nacional bajo el lema Imaginar y Transformar organizado por la facultad de Ciencias Sociales de la UBA (Universidad de Buenos Aires).
Una de las oradoras que atraparon la atención pública fue Cristina Fernández de Kirchner y, como era de esperarse, el discurso rondó entorno a las perfidias de Milei y sus evidentes fracasos en cuanto a la siempre bien elogiada y nunca valorada educación argentina.
No deja de sorprenderme el cinismo con que se afirman algunas cuestiones, por ejemplo, la necesidad de que los docentes ganen buenos salarios, y la permanente actitud lisonjera hacia una educación que parece existir sólo en lo discursivo.
Sinceramente, me produce cansancio y frustración observar cómo una institución que sostenemos desde el tejido social en su conjunto (si, no es gratuita en realidad, la financiamos entre todos) use una oportunidad realmente necesaria y valiosa de debatir en beneficio de la transformación educativa, para desperdiciarla en un escenario de tenor político al servicio de criticar al presidente ¿o visibilizar a Cristina? ¿Hablando de sus maestras? Incluso en la mesa de las expositoras se mencionaron datos distorsionados, tal como la suspensión del FONID mientras los concurrentes asentían con la cabeza... La norma que creó el FONID fue la Ley N.º 25.053 de 1998 gobierno de Menem. En su Artículo 1°, establecía que el instrumento iba a ser financiado con un impuesto anual cobrado a los titulares de autos y motos de alta gama, embarcaciones y aeronaves. Lo recaudado por ese tributo debía ser destinado "al mejoramiento de la retribución de los docentes, de escuelas oficiales y de gestión privada subvencionadas, de las provincias y de la Ciudad de Buenos Aires" [1], aporte de Nación a las provincias que nunca superó el 10 % del total de los salarios docentes y que en principio se planteó por 5 años, luego se prorrogó sucesivamente y a falta de mejores decisiones de financiamiento, continuó hasta el 2024. O sea, 25 años repitiendo un parche.
Cuando escucho que las personas en el ámbito político, cualquiera sea el sector o procedencia, llenan sus bocas hablando de educación, pienso... ¿qué saben estos insolentes?
Hasta cuando nos vamos a prestar a la hipocresía de quienes hablan de la universidad pública pero no están capacitados ni determinados para abordar una transformación profunda y necesaria -que no se trata de un ajuste financiero- en cuanto a un sistema académico que 1-ya es obsoleto en numerosas áreas formativas, 2-que tiene una sobre oferta que ronda las once mil titulaciones (tenemos la industria del título) con cientos de carreras que se solapan en sus campos de incumbencia, que son demasiado generalistas o que no responden a las necesidades de sus entornos regionales, 3- cuya tasa de egreso es una de las más bajas de la región y el mundo y 4- su tasa bruta de ingreso según franja etaria 18-25 no logra superar el 12,5%.
Todo ello significa lisa y llanamente que tenemos un sistema universitario al que ingresan solamente el 12,5% de los jóvenes argentinos entre 18 y 25, ¿muy pocos verdad? que a su vez egresan menos aún, porque la tasa ronda el 25% como promedio global, en un espectro de carreras reiteradas, profusas, mal distribuidas cuyo porcentaje de elección supera más del 50% las carreras del área de ciencias sociales, menos del 20 % en el área de salud y porcentajes ínfimos en ciencias exactas, naturales, ingenierías, etc.
Insisto con esto, nuestro sistema universitario puede resultar gratuito e irrestricto pero es hostil para la mayoría de los jóvenes 1-que no llegan siquiera a ingresar, 2-que si ingresan no tienen en muchísimos casos las condiciones para desarrollar sus estudios de manera adecuada a las exigencias (con lo cual aparece el fantasma de bajar el nivel académico para retener alumnado con las graves consecuencias que ello puede implicar), 3-que no tiene (ni nunca tuvo) un sistema de becas que realmente le permita cursar una carrera a un estudiante sostenido por la misma, 4-que no tiene un régimen eficiente de orientación estudiantil para promover las carreras que más se requieren en función de un proyecto de desarrollo nacional, por ejemplo: ¿cuántos abogados, psicólogos, arquitectos y contadores públicos necesitamos por región? mencionando entre las carreras más elegidas y cuántos ingenieros, geólogos, profesionales de la salud humana y animal, biólogos, físicos, etc. entre las menos elegidas y qué hace el sistema universitario así como el país en su conjunto para alentar esos estudios y luego promover la inserción profesional de sus graduados?, 5-que tiene un sistema de cursado en muchísimos casos deficiente desde el punto de vista pedagógico, carece de un seguimiento sistemático de alumnos regulares, erráticos y desertores, sin contacto temprano con el mundo laboral o que lo ignora hasta el final de la carrera, 6- con tasas de egreso que en muchísimos casos no superan el 10% de egresados en tiempo teórico y 7-que constituye un enjambre de oferta educativa que carece de un horizonte en común, que se justifica en la autarquía institucional para tomar decisiones que le corresponden al conjunto de la sociedad ya que la educación superior tanto universitaria como no universitaria es parte de un esfuerzo colectivo y en orden al progreso que debe ser no sólo una definición singular, vocacional y propia del estudiante.
Un país educado es sin lugar a dudas un mejor país en más de un sentido.
Podemos seguir en esta línea argumental para mirar al resto del sistema educativo hasta llegar al nivel inicial.
¿Todo lo que tenemos es malo? Claro que no. No se trata de ver solamente las carencias del sistema porque es indudable que son muchas las bondades, pero es agotadoramente frustrante la insistencia del discurso fuertemente ideológico, de izquierda o de derecha, que vuelve siempre sobre los mismos fundamentos para no modificar nada, por lo cual terminan siendo afines.
Es tremendamente decepcionante que instituciones como la UBA no puedan tener un horizonte más claro y propositivo acerca de cómo, concretamente cómo, mejorar la educación pública a lo largo de todo el arco formativo.
Esa discusión es pedagógica, es sobre métodos, contenidos, es conjunta con los docentes, los padres, los sectores productivos, industriales, etc. No es una discusión entre enemigos políticos. No es una discusión que barre a lo anterior o lo censura sin más.
Es una discusión fecunda si nos sentamos los expertos, los que tenemos conocimiento, los que hemos enseñado a leer y a escribir, a sumar y a restar, que tenemos el oficio docente y la formación para aportar ideas, junto con todos los sectores interesados y generar propuestas reales. Ya basta de demagogia y de decir que la educación es valiosa para después seguir sin cambiar nada.
Basta de palabrerío cuando necesitamos cambios concretos. Y por supuesto financiarlos, porque la motosierra sirve para ordenar gastos excesivos, pero luego del ajuste debe suceder el respaldo. Tanto desde el gobierno nacional como desde cada uno de los gobiernos provinciales. Hace décadas que muchos gobernadores hablan sobre educación y hacen bien poco y los datos están a la vista.
¿Hasta cuándo vamos a escuchar a los necios e insolentes?
¿Dónde está nuestra brújula dorada para encontrar el camino verdadero?
[1] https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/ley-25053-58ad91ecaf4bd.pdf